sábado, febrero 22

Adicción al juego conlleva pérdida de bienes, familia y de uno mismo: ludópatas

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Testimonios en Mérida relatan consecuencias de esta condición

Margarita, La Reina del jackpot, como la llaman sus compañeros del grupo de Jugadores Anónimos ‘Un día a la vez’, no sabía que la adicción al juego conlleva la pérdida de bienes o familia cuando comenzó a jugar sólo unos 200 pesos en el bingo electrónico.

Tampoco sabía que pese a obtener 11 premios significativos, su alegría se transformaría en una profunda desesperación.

“Tenía 42 años cuando comencé a jugar, me invitó una compañera de trabajo y no pude ir, pero a la siguiente semana decidí ir sola. No sabía absolutamente nada de juego, me explicaron un poco y jugué 200 pesos en el bingo y me fui con 600”.

Regresó como al mes y a los tres meses de haber entrado por primera vez a un casino, con 500 pesos se llevó un acumulado de 70 mil pesos. Y ahí comenzó el enganche. Como al año, ganó otro acumulado de 100 mil pesos; a los 28 días, 30 mil; y al año siguiente, lo que creyó que era el fin de sus problemas, un millón 200 mil pesos.

“Los apostadores se volvieron locos, me acariciaban como si fuera un buda, para ver si les pasaba mi suerte, fue una locura. Cuando vi la cantidad me paré y dije al fin estoy libre, porque debía 90 mil pesos al banco. No sabía lo que me esperaba, que mi vida se iba a convertir en el mismísimo infierno”.

No obstante, Margarita no dilapidó su ganancia, ya que se compró dos terrenos, un auto y terminó su casa. “Me quedaron unos 300 mil pesos que los jugué y los liquidé en menos de tres meses”.

“Concurría al casino viernes, sábados y domingos, y cuando me encontraba de viaje por mi trabajo; allí iba más tiempo porque no estaba en casa y, además, estaba sola, así que después del trabajo visitaba el casino en el estado que me encontrara y me quedaba hasta las dos, tres de la mañana. Si ganaba, como aún no había caído en la ludopatía, me retiraba con el dinero”.

“Realmente no me di cuenta en qué momento pasé la línea de jugar normal a jugar compulsivamente. Entonces, comencé a tener conflictos con mi pareja porque me preguntaba dónde estaba, me amenazaba con que se iba a separar, y la verdad a mí no me importaba”.

Cuando ganó su premio millonario, juró que no volvería a un casino y lo cumplió por casi un año, pero cuando regresó se desbarrancó. “Me gasté 300 mil pesos y me endeudé con dos tarjetas”.

Empeñó todas las alhajas de su madre, que eran el producto de 30 años de trabajo de ella, joyas valuadas en más de 150 mil pesos.

“Para la navidad de 2011 perdí todo mi aguinaldo en 10 minutos, llegué a mi casa, no me vestí para salir, estaba deprimida, perdida, me puse una playera vieja y ahí me quedé; no tenía para comprar regalos, fui y los firmé en tiendas departamentales, como si nada hubiera pasado, y así seguí endeudándome”.

“Me di cuenta que había pasado el límite, una noche que fui al casino con tres mil pesos, a la hora ya tenía casi 80 mil, pero no contenta con eso seguí jugando y a la siguiente hora ya no tenía un peso; allí comenzó mi desesperación, fui al banco, saqué dinero, firmé con mis tarjetas de crédito; cuando vi lo que había hecho esa noche, regresé tomada al hotel, y cuando llegué, decidí que iba a matarme, que iba a subir hasta lo más alto y aventarme. Sentía que no podía con esa vida, que no podía dejar de jugar”.

Pero tuvo una fracción de segundo de lucidez y dijo no, agarró sus cosas y fue a Mérida.

Margarita conoció el grupo por el periódico, pero se resistía a aceptarse como adicta. “Contesté las 20 preguntas que se hacen para ver si alguien es adicto al juego y me di cuenta de que ese era mi caso”.

Ahora, después de un poco más de cinco años de recuperación está libre de juego y de alcohol, porque al año de parar con el juego, dejó de beber. Empezó a pagar sus deudas y recuperó las alhajas de su mamá.

“La única manera de dejar esto es concurrir a un grupo de autoayuda. El primer síntoma de recuperación es tener dinero en el bolsillo, antes pagaba y nunca tenía un peso, no me compraba nada, todo era casino”.

Pérdida de familia, propiedades y autoestima

Juan Pablo, de 38 años, perdió a su esposa, sus propiedades, su autoestima. Su vida se convirtió en mentira y engaño.

“Como la mayoría de las personas empecé apostando poco, iba una o dos veces por semana, jugué así moderadamente cerca de 10 años, los últimos años empecé a apostar más, a perder más dinero, me divorcié porque comencé a descuidar a mi familia, después desvié recursos de mi trabajo, yo tengo una comercializadora, y empecé a solicitar préstamos para solventar el juego, también utilicé mis ahorros, mis tarjetas y conseguí dinero prestado con agiotistas”.

Luego se deshizo de parte del patrimonio que era para su familia, vendió dos propiedades y se fue endeudando.

“Yo residía en la Ciudad de México y luego del divorcio me vine a Yucatán y lo mismo pasó, empecé jugando poco, después de una devastadora pérdida traté de recuperarme por mí mismo, fui a un sicólogo, volví a tener un poco de estabilidad económica y volví a apostar, a perder y perder. Incluso hice hipnosis, porque me dijeron que me iba a ayudar, pero de nada me sirvió. Se supone que te hacen como una reprogramación para el juego, el alcohol y/o el cigarro, pero en mi caso no funcionó”.

En Yucatán se casó y le surgió el temor de una nueva separación, entonces comenzó a apostar en línea. “A la madrugada me iba a mi oficina a jugar, lo hacía con tarjetas de crédito que yo registraba o de algún familiar que le pedía que me apoyara con una línea de crédito, para que mi esposa no se enterara”.

El último año fue el peor, empeñó su coche, los negocios que había puesto en Mérida y Campeche, ya estaban por cerrar, incluso con su esposa ya había hablado de separación.

“Tuve premios significativos que me hicieron pensar que podía volver a cambiar y todo lo traté de manejar oculto, pero cuando explotó la bomba fueron mentiras tras mentiras para ocultar mi adicción al juego”.

Juan Pablo le prometía a su esposa, día tras día, que iba a dejar el juego, pero los períodos de abstinencia se hacían cada vez más cortos, “primero un mes, después 15 días, luego una semana y ya no podía parar, entonces decía que me iba de viaje para ir a apostar en otros lados y no tener esa presión”.

“Allí fue cuando ella hizo una llamada a Jugadores Anónimos, ese día no fui, porque sentía que eso no iba a cambiar, que así iba a morir, apostando”.

Al segundo día le llamaron, lo acompañó su esposa, porque a las primeras juntas le permiten llegar al familiar y, ahora todo es historia.

“He recuperado mi matrimonio, mi vida, incluso ella está un programa de apoyo para familiares de ludópatas que se llama Gamanon Sólo por hoy, ya va a cumplir un año y todo se ha acomodado, estoy recuperando mis finanzas y mi programa para salir de las deudas está presupuestado a cuatro años”.

“Un jugador piensa que sólo se afecta a sí mismo y a su economía, pero no se da cuenta de cómo hace sufrir a su entorno, yo le transmití inseguridad a mi esposa, la hice codependiente, y en ese grupo le enseñan que ella no debe responsabilizarse por mis acciones y la hacen entender que el jugador no es una mala persona, simplemente está enfermo”.

Hoy en día se pregunta cómo llegó a tanto, tanta mentira, tanto engaño, parecía que no quería a nadie.

“Por eso vengo a estas reuniones a tomar esa medicina diaria que me da la fuerza para el día siguiente”.

Esperaba cumplir 18 para entrar a los casinos

Lucy, de 28 años, comenzó a jugar desde adolescente cartas y póker en su casa y con sus amigos, pero apenas cumplió 18 años no esperó un minuto más para entrar a un casino. Como no tenía aún el INE, llevó su acta de nacimiento para ser admitida, y allí comenzó a jugar hasta hace casi tres años.

“Trabajaba y estudiaba, vivía con mi mamá, y todo mi sueldo se iba en el juego, de hecho mi primer aguinaldo me lo gasté en menos de una hora en el casino. Iba casi todos los días saliendo de la escuela; salía a las 8 de la noche, hacía mi tarea y entre las 10 y las 11 de la noche estaba en el casino y me quitaba a las seis de la mañana para bañarme e irme a trabajar”.

Lucy no sabe cómo sobrevivía junto a su madre, ya que ella también jugaba e iban juntas al casino, para salir muchas veces sin nada. “A veces me iba a la escuela y me invitaban la comida, mi mamá trabajaba mañana y tarde”.

No le afectó en la parte laboral, pero sí en sus relaciones sociales, todos sus amigos se alejaron de ella, perdió siete años de su vida.

“Me había endeudado, empeñé muchas cosas que mi familia nunca se enteró y nunca las recuperé. Hace tres años dejé de estudiar para trabajar más y en realidad trabajaba para ir al casino, me casé y empecé a notar un altibajo en mi relación porque yo jugaba y mi esposo no, entonces pensé no voy a perder a mi esposo, porque ya perdí demasiado a lo largo de mi vida”.

Fuente: La Jornada Maya

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