lunes, abril 12

Así, y con estos, México no llegará a buen puerto

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Ángel Verdugo

Las formas utilizadas por las bancadas de Morena y sus grupos satélites en ambas Cámaras del Congreso de la Unión —con motivo de la discusión y aprobación de la Ley de Ingresos y el Decreto de Presupuesto de Egresos de la Federación 2019— exhibió, a querer y aceptar o no, características de la visión y modos casi animalescos de hacer política del gobernante en turno y su equipo cercano quienes, es tal su ingenuidad, que jamás repararon en el significado correcto que tiene la expresión hacer política: negociar con el adversario el cual, no es enemigo.

Es tal la incapacidad y falta de oficio político de los recién llegados a puestos de relevancia —incluido, por supuesto, López—, tanto en la estructura del Poder Ejecutivo como en las posiciones clave del Congreso, que no es necesario ser un especialista en análisis político para darse cuenta del riesgo que corre el país y su economía con los que, duchos en el manejo de las extremidades inferiores, no tienen la menor idea de lo que debe ser la gobernación en un país con las características del nuestro, en el aquí y el ahora.

La obsesión enfermiza por avasallar al débil, al que no le queda otra salida que tomar sus cosas y salir con una patada en salva sea la parte, es un pésimo presagio por la gobernación que esa conducta deja ver. No hay la menor intención de hacer política sino de atropellar, de hacer valer lo que a estas alturas es más cuento que realidad: más de 30 millones de votos.

A esta última visión enfermiza del uso del poder, habría que agregar la lista interminable de pifias y muestras de una incapacidad que lleva —a no pocos—, a dudar si los encargados de hacer cuadrar las cuentas terminaron la educación primaria o, de haberla terminado, lograron el certificado respectivo copiando en los exámenes.

Las condiciones actuales, tanto en México como en el resto del mundo, lucen de lo más complicadas por lo volátil e inestable. Hoy, para decirlo de manera coloquial, donde rasquemos saldría pus.

En la gobernación, no de ahora sino desde siempre, la ingenuidad y los buenos deseos vienen a ser, lo aceptemos o no, típicas expresiones de la incapacidad y la inexperiencia. Hoy, por encima de la popular y pedestre solidaridad ideológica que todo lo condona y elogia, la realidad termina —más temprano que tarde— por imponerse; es entonces, inevitablemente, cuando hay que pagar la factura por tanto error cometido por los incapaces e inexpertos que ocupan, merced a designaciones hechas al amparo de favoritismo y complicidades, posiciones clave en el gobierno.

Estos efectos negativos, por más intentos que hagan los responsables por minimizarlos o negarlos, no hay forma conocida para eludirlos; así como en la vida diaria debe uno pagar por los errores y las pésimas decisiones, lo mismo sucede en la gobernación con una pequeña diferencia: el precio a pagar es muchas veces más alto. Así como en la economía real no hay lonche gratis, en la gobernación tampoco hay error que quede impune.

Los que recién han llegado al gobierno —López incluido—, en unos cuantos días han, como solemos decir coloquialmente, enseñado el cobre. Errores garrafales que merecerían el despido inmediato, apenas alcanzan para un chistorete de mal gusto del poderoso en turno; torpezas imperdonables, ni siquiera merecen una sentida disculpa sino la evasiva cobarde del que tiró la piedra y escondió la mano.

¿Quién en su sano juicio defendería lo visto en tres semanas de desatinos y exhibición deplorable de la más peligrosa de las incapacidades, la que se registra en la gobernación? ¿Quién, amparado en falsos argumentos que ni siquiera llegan a ser la expresión burda de complicidades inconfesables, se atrevería a defender lo indefendible?

¿Esperar llegar a buen puerto cuando, por más intentos que hagamos de negar lo evidente, lo que vemos es un naufragio anunciado?

Fuente: Excelsior

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