miércoles, marzo 3

De ganar López, ¿en verdad piensa que nos iría mejor?

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Economía sin lágrimas

ÁNGEL VERDUGO

Una de las motivaciones que lleva al elector promedio a votar por uno u otro candidato o por este partido o por aquél, es la esperanza o la ilusión —por si prefiere esta última palabra sobre aquélla— de que con el que ha elegido le irá mejor que con cualquiera de los demás.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando ese elector —que piensa votar por un candidato que genera en él la esperanza de una vida mejor— está equivocado y no tiene plena conciencia de su error por razones de índole diversa? ¿Qué hacer ante su decisión manifiesta, la cual, no lo pongo en duda, está debidamente sustentada en su buena fe y sinceridad, a la vez que en el desconocimiento prácticamente total de todo lo relacionado con la economía y el crecimiento?

¿Deberíamos, pregunto, respetarla y nada hacer, aun cuando sepamos que el candidato por el cual él piensa votar ignora lo más elemental de una gobernación responsable y, por supuesto, de todo lo que sustenta e impulsa el crecimiento económico, entre otras muchas cuestiones relacionadas con gobernar un país en el mundo actual de la globalidad y la interdependencia económica y política?

En aras de respetar de manera irrestricta —fruto de una convencida cultura democrática—, ¿deberíamos mantenernos al margen, sin tomar en cuenta los daños inmensos que con su gobernación causaría el candidato que ese elector apoyaría? ¿Estaríamos aquí entonces, ante una situación donde el bien mayor —fortalecer la democracia— generaría un mal mayor, no únicamente al país, sino de inmediato y de manera directa a los que habrían llevado a ese candidato a la victoria?

¿Qué hacer, entonces, ante una situación como la que describo en párrafos anteriores? Si bien para algunos estaría más que justificado actuar al margen de la ley y tomar medidas extremas para impedir que el candidato mencionado obtuviere la victoria, pienso que sería contraproducente porque, ¿qué democracia estaríamos promoviendo y defendiendo si partiéremos de la violación consciente de la ley?

Por encima de las dificultades que representaría una victoria este 1° de julio del que ignora todo de una gobernación responsable, soy de la idea, primero, que todo lo que se haga para impedir su victoria debe estar en todo momento dentro de la legalidad y, segundo, no es la violencia, en cualquiera de sus presentaciones, solución alguna al problema que he planteado.

¿Qué nos quedaría entonces? Lo que la misma democracia hace posible y estimula: Las ideas y su difusión; las ideas y su debido sustento frente a la demagogia y las mentiras en temas tan importantes como la salud de las finanzas públicas, y el uso responsable y eficiente de los recursos siempre escasos. En pocas palabras, el único recurso que la misma democracia nos entrega, es aquél que podríamos resumir en la conocida expresión: Convencer para vencer.

¿Quedaría tiempo para intentar convencer a millones —de los que ciega y acrítica, pero honradamente afirman que ya han decidido entregar su voto a dicho candidato—? ¿Convencerlos de que ese candidato es hoy, más que en las dos elecciones en las cuales ha sido derrotado, un verdadero peligro para la estabilidad económica y política?

Pienso que, al margen de si quedare o no tiempo, debe hacerse el esfuerzo por convencer; hay que ofrecer argumentos debidamente sustentados para que quien piense que lo prometido por López es viable de concretarse, se den cuenta que eso es imposible sin poner en riesgo la estabilidad alcanzada a costa de grandes sacrificios de millones, y de un precio altísimo por las erróneas políticas públicas de no pocos gobiernos anteriores al de Vicente Fox y del actual.

No subestimemos la capacidad del elector; expliquemos, demos argumentos y datos para que el elector saque sus propias conclusiones. En pocas palabras, exhibamos objetivamente la demagogia e ignorancia de ese candidato.

Fuente: Excelsior

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