martes, abril 7

El ruido en el Centro Histórico, en el ojo del huracán

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El centro meridano era vivo y hermoso cuando era zona habitacional. Los dueños de los domicilios particulares llenaba las calles, andando de aquí para allá con soltura y desenfado. Cuando el comercio inició su expansión ocupando los domicilios particulares y los camiones de carga y los urbanos fueron creando una crítica contaminación sonora, las familias del primer cuadro de la ciudad emigraron hasta zonas distantes del centro. Lo abandonaron. Entonces, el centro decayó. Barrios como Santiago o San Juan vivieron una decadencia triste y lamentable. No se diga San Cristóbal. Por esos lugares era hasta peligroso caminar por tanta ausencia humana.
El centro y sus suburbios, de treinta años a la fecha, han vivido una recuperación vivencial maravillosa. Las calles tienen vida a toda hora y se ha recuperado una belleza arquitectónica que parecía imposible de obtenerse en la modernidad.
Nunca debe soslayarse que fueron los extranjeros quienes se dieron a la tarea de esa recuperación del paisaje urbano y económico. Esto último es importante porque la arquitectura antigua deja una derrama económica que la moderna no dejaría, ni hoy ni en el futuro. El turismo viene por nuestras cosas antiguas, no por las modernas, que de ellas tienen -¡y muy buenas!-, en sus lugares de origen.
Una vez lograda la recuperación del paisaje urbano del Centro Histórico, por tantos extranjeros que viven en él, el comercio del ocio nocturno inicio su aparición. Su expansión ha sido tan grande que comienzan a sufrirse sus efectos.
La paz domiciliaria se ha visto afectada por el ruido de los servicios de entrenamiento que emplea, como gran atractivo, la música en alto volumen.
Los habitantes del centro quieren el respeto que les corresponde y los comerciantes de la naturaleza que he señalado dicen que tienen todo el derecho a hacer lo suyo. Esto último es correcto, pero sin afectar a terceros.
Aquí entramos a un terreno escabroso, por asuntos atávicos, por costumbres ancestrales. El no tener una idea precisa de lo que es el respeto para la convivencia humana, tomada en su diversidad.
El respeto es tema que parece no preocupar a los comerciantes yucatecos, tan acostumbrados que están a sentir que calles, escarpas, paredes, muros, cielo y nubes son de su propiedad.
Una de las definiciones de respeto dice que es un sentimiento positivo y que se relaciona con la ética y la moral. ¡Uf! ¡Vaya conceptos! Hacen laberíntica la situación.
Las distintas formas de respeto se basan en la relación de reciprocidad mutua. Es decir, respetar es buscar un equilibrio entre dos o más circunstancias distintas. ¿Y, a quien cabe ver que se ejerza ese equilibrio? Evidentemente a la autoridad. Las leyes que rigen a una sociedad están en manos de las autoridades instituidas para salvaguardar el orden societario que le dio ese encargo.
Hablar de equilibrio en la conducta del comercio meridano es tema hasta riesgoso y asunto en el que se podría gastar mucha saliva con pocos resultados, porque es una costumbre muy local la de agarrar una bocina ponerla en la acera y reventar la música al más alto volumen sin importar en lo que se pueda afectar a los demás.
En las redes sociales hay quienes condenan las demandas de los extranjeros por evitar tanto ruido que les impide la paz domiciliaria a la que tienen derecho. Les dicen que se larguen a sus países de origen o que si se les hace caso en su demanda, al poco rato van a pedir más y más hasta sentirse dueños de todo. Quienes manejan tal argumento no se dan cuenta que hablan de lo mismo que hacen.
Yucatán no es una excepción en el mundo de la diversión y el comercio del ocio. Lo que resulta excepcional es la resistencia a poner las condiciones para que se mantenga el equilibrio entre lo domestico y lo comercial, para una sana convivencia humana.

Fuente: Por Esto

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