viernes, octubre 18

Los aranceles de Trump también cobran víctimas en España

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El castigo al comercio ha tumbado las exportaciones españolas a Estados Unidos y provocado recortes de personal.

Mientras Joaquín García recorre su plantación familiar de ocho mil olivos en el sur de España, el rugido de los cazas estadounidenses en el cielo es un recordatorio de la batalla que libra el Gobierno de Estados Unidos contra sus olivos.

La aceituna es el producto más codiciado en las disputas comerciales del presidente Donald Trump, y los olivares de García bordean la Base Aérea de Morón de la Frontera, donde residen cientos de militares estadounidenses y sus familias. Él y otros en la zona dicen que hace mucho que la ven como un símbolo de los estrechos vínculos entre Washington y Madrid.

Esa relación se está poniendo a prueba después de que Trump aplicara un arancel del 35 por ciento a las aceitunas negras españolas tras las quejas de los productores estadounidenses de que Madrid subsidia deslealmente a su industria.

España es el primer productor de aceitunas del mundo y en 2017 sus exportaciones sumaron 370 millones de euros. “Si fuésemos aliados, seríamos aliados en todo”, dice García, quien se ha visto obligado a despedir trabajadores.

En estos momentos EU y China son protagonistas del drama comercial, al igual que México, mientras gerentes de cartera y economistas evalúan los efectos del último aumento arancelario de Trump y las represalias de Beijing. En medio de esta guerra, la batalla de las aceitunas ha sido una escaramuza. Pero sus repercusiones se sufren en el sur de España, donde el desempleo es del 20 por ciento. “La máxima es Estados Unidos Primero, y nada más importa”, menciona Antonio de Mora, secretario general de la Asociación Española de Exportadores e Industriales de Aceitunas de Mesa (Asemesa).

Los agricultores españoles dicen que la ayuda que reciben de Madrid y la Unión Europea es legal. Han acusado a sus competidores estadounidenses de aprovechar de manera oportunista la presencia de un presidente proteccionista para debilitar a España, que concentra alrededor de una cuarta parte del mercado mundial de las aceitunas de mesa. Alrededor del 20 por ciento de las exportaciones del país de 154 mil toneladas métricas tuvieron como destino Estados Unidos en 2017.

Timothy Carter, director ejecutivo de Bell-Carter Foods, una empresa de California que es uno de los principales proveedores de aceitunas en el mercado estadounidense, afirma que los subsidios crean un “precio desleal”.

Los aranceles entraron en vigor en agosto de 2018, detonando una caída del 45 por ciento en las importaciones estadounidenses de aceituna negra española ese año. Eso le ha costado el empleo a cientos de trabajadores en el sur de España. En la plantación de García, a unos 45 minutos en coche de Sevilla, ahora hay solo cuatro empleados, hace un año tenía quince. “Mucha gente vive de la industria del olivo”, dice Manuel Sánchez, uno de los trabajadores que conservó su trabajo.

A unos cien kilómetros al este, el municipio de La Roda de Andalucía es el hogar de Agro Sevilla, una cooperativa olivarera de cuatro mil productores y el mayor exportador mundial de aceitunas de mesa. El pueblo está rodeado por un horizonte infinito de olivos, cuyas hojas de color salvia contra la tierra rojo ladrillo son la paleta del sur de España. “Imagínese lo que ese mar de olivos significa para la economía, la cultura”, dice Fidel Romero Ruiz, alcalde de La Roda.

Es poco probable que los aranceles desaparezcan pronto, y los productores dicen que el impacto va a ser peor este año, cuando los precios se revisen para tener en cuenta la menor demanda estadounidense. Bruselas, en nombre de España, ha llevado el caso de los aranceles a la Organización Mundial de Comercio (OMC), pero esa disputa podría prolongarse por varios años. Las autoridades de la Unión Europea solicitaron a la OMC la formación de un panel de expertos para analizar el caso a fines de mayo, una señal de que Estados Unidos no piensa retirar los aranceles y que las negociaciones bilaterales han fracasado.

Las tácticas agresivas de Washington han hecho que muchos tomen conciencia de que son demasiado dependientes del mercado estadounidense, y los exportadores ahora están orientándose a mercados como China, India y Pakistán, un ejemplo de cómo las políticas proteccionistas de Trump están reconfigurando los flujos del comercio global.

“Tenemos que buscar nuevos mercados”, dice Juan de Dios Segura, un productor de aceitunas en La Roda de Andalucía que recela de Estados Unidos como un socio comercial confiable. “Es una cuestión política, no es una cuestión comercial”.

En cambio, un funcionario de la Embajada de Estados Unidos en Madrid señaló que España sigue siendo “un fuerte socio económico”.

Los exportadores españoles también están trabajando para sortear los aranceles. El verano pasado, la cooperativa española Dcoop y su socio marroquí Devico compraron una participación del 20 por ciento en Bell-Carter Foods, una de las dos compañías de California cuyas quejas iniciales impulsaron la imposición de los aranceles. El objetivo es enviar desde España aceitunas verdes (libres de arancel) a Estados Unidos, y ya allí transformarlas en negras, un proceso que consiste en ponerlas en salmuera.

Eso frustra a algunos productores californianos, que desde hace tiempo reclaman medidas para frenar las importaciones españolas de precio más bajo. “Simplemente nos aniquilaron en los precios”, dice Adin Hester, expresidente del Consejo de Productores de Aceitunas de California. “Durante años hemos trabajado por un arancel contra las aceitunas españolas. Nos gustaría que se impusiera para todos los países”.

Si los agricultores españoles no pueden encontrar nuevos mercados de exportación para sus aceitunas de mesa, pueden verse obligados a vender su cosecha a compañías aceiteras, que pagan menos. Los productores también pueden recurrir a la automatización para reducir los costos, pero el proceso no es simple. Para los productores más pequeños, muchos de los cuales aún hacen la recogida a mano, la mecanización requeriría arrancar los árboles existentes y reemplazarlos con más jóvenes plantados a menor distancia.

“Estarías arrancando cien años de historia”, menciona José María Bohorquez, un productor aceitunero que disfruta de una copa de aguardiente en un bar en Arahal, un pueblo que celebra cada septiembre la Fiesta del Verdeo en honor a la aceituna.

“Soy un romántico cuando se trata de los olivos”, dice, y agrega que algunos de sus compañeros ya han comenzado a arrancar los suyos. “Eso me hace querer llorar. Pero no podemos sobrevivir de las emociones”.

Fuente: El Financiero

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