jueves, octubre 22

Los puros y el rencor contra Ebrard

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Los puros y el rencor contra Ebrard

Por Jorge Fernández Menéndez

29 de Septiembre de 2020

Me asombra el grado de saña con que tratan a Mario Delgado y sobre todo al canciller Marcelo Ebrard los llamados puros (que de pureza tienen bastante poco) de Morena, que enarbolan la candidatura de Porfirio Muñoz Ledo a la presidencia del partido.

Entiendo que, para muchos, con demasiado tiempo de adelanto, se trata de una lucha por la candidatura del 2024, lo que demuestra también su falta de experiencia y sentido político, porque falta mucho tiempo para ese proceso, y adelantarse en él nunca es bueno.

Pero olvidan que Ebrard se ha convertido en uno de los principales operadores, en algunos niveles el único, del presidente López Obrador en el gabinete, cuando paradójicamente los que apoyan a Porfirio, en su enorme mayoría, lo único que han creado es problemas.

Ayer, Pascal Beltrán del Río recordaba cómo, en el 2012, cuando se fue a una encuesta en el PRD para definir la candidatura presidencial, el entonces jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, estaba mejor ubicado que López Obrador para ocupar esa posición: eran cinco capítulos y Marcelo estaba arriba en los tres más importantes. En una decisión que entonces sorprendió a muchos, Ebrard decidió no seguir avanzando y apoyar a López Obrador con el argumento de que no se debía dividir a la izquierda.

Ese capítulo es central para comprender la animadversión de los puros. Ebrard, que vaya que le demostró lealtad a López Obrador con aquella decisión, ocupa un espacio diferente al del Presidente y genera otras expectativas, era así en 2012 y lo es ahora. El problema no es su historia en el PRI, porque la mayoría de los dirigentes de Morena no están libres de ese pasado, incluyendo al presidente López Obrador. El problema es que tiene perfil propio, y eso cuando se pide lealtad a ciegas a veces no es bueno.

La noche anterior a que Ebrard declinara la candidatura en favor de López Obrador en 2012, tuvo una reunión con sus más cercanos colaboradores, y con quien era el personaje que más respetaba, Manuel Camacho. Había dudas
sobre qué hacer. La estructura del partido, en aquella fecha, estaba más cerca de Ebrard que de López Obrador y le proponían que siguiera adelante con su candidatura. Al final, la opinión decisiva fue la de Camacho, que fallecería meses después de cáncer, que fue quien sembró aquello de que no se podía dividir a la izquierda, convencido, entre otras cosas, de que López Obrador seguiría de todas formas con su candidatura.

Y esa fue la decisión, a la mañana siguiente, de Ebrard. ¿Hubiera ganado el entonces jefe de Gobierno la elección presidencial del 2012? Con un PRD y otros sectores aliados, hubiera tenido muy altas posibilidades, pero era muy probable que el partido, que se rompió pasada esa elección, se hubiera dividido antes de la misma. López Obrador, como había advertido Camacho, no iba a dejar de ser candidato.

Ahí está, en esa renuncia, el pecado original de Ebrard y su equipo. Y el rencor que destilan los puros parece ser más una muestra de debilidad intelectual y política que de convicción ideológica. Su visión es de un apabullante corto plazo. La opción de Claudia Sheinbaum, no necesita tanto rencor y necedad. Ella misma está haciendo una gestión muy seria en la capital del país, alejada de posturas radicales: su trabajo habla por ella. Cada vez que Porfirio u otro de sus seguidores agravian a Ebrard o Mario Delgado, sin debate político de fondo alguno y más allá de sus aciertos y errores, están abonando a una división que paradójicamente, para bien o para mal, fue la que evitó Ebrard en 2012.

LA DESTRUCCIÓN DEL PARAÍSO

Hace unos años, uno de los principales empresarios del país, con muchos intereses en toda la península de Yucatán, me invitó a hacer un recorrido en helicóptero desde Cancún hasta el inicio de la reserva de la biósfera de Sian Ka’An. Obviamente no estaba en contra de las inversiones turísticas en la zona, pero me quería mostrar desde el aire, la irracionalidad de algunos proyectos enormes, construidos o por construir en terrenos demasiado pequeños, que bloqueaban accesos a las playas y que eran imposibles de considerar sustentables.

Me decía, y tenía razón, que esos proyectos al final serían los que terminarían, si no se controlaban, destruyendo ese extraordinario corredor turístico. Todo eso y más me viene a la mente cuando veo el debate librado por la cadena RIU para construir en Cancún un megahotel de cientos de habitaciones en un terreno que simplemente no puede sustentarlo.

Han logrado permisos para hacerlo, pero esos permisos no pueden haberse obtenido atendiendo las normas legales: están violándolas y los daños ecológicos y del destino turístico, de concretarse ese proyecto, serán altísimos.

La inversión y el desarrollo del turismo (en el que RIU también ha contribuido con otros proyectos) definirán, en mucho, el futuro económico del país, pero un turismo sin normas y violando la sustentabilidad se puede convertir en el mayor enemigo del sector. Las autoridades federales y locales no lo pueden ignorar.

Fuente: Excelsior

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