sábado, septiembre 21

Militares: “no vamos por los migrantes, sino por ‘polleros'”

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Los tres militares que vigilan el Puente Negro son jovencísimos y, desde que llegaron a esta frontera, lo que más han visto son caídas. Nos ven y echan a correr, con el impulso que llevan, al llegar al punto plano pierden el equilibrio y se caen, explica uno. Los otros confirman con movimientos de cabeza.

Los tres soldados llevan brazaletes con las siglas de la Guardia Nacional y forman parte de los 15 mil efectivos desplegados en la frontera norte, según dijo el titular de la Defensa Nacional en estos días.

Hablan frente al muro de Donald Trump, en la porción donde la mirada domina el centro de El Paso, Texas, y el puente internacional que remata en la avenida Juárez.

Uno de ellos señala un punto, a unos 100 metros, y cuenta que ahí les tocó tratar de convencer a un padre de que no cruzara. “Le dijimos ‘No le vamos a hacer nada, sólo no puede cruzar por aquí, es peligroso’. Iba con un niño como de tres años y, en lugar de hacernos caso, corrió, llegó al agua que ahí tiene como 50 centímetros. Batallaba con las piedras y el lodo, pero no se detenía”.

Una bolsita de semillas va quedando vacía mientras los jóvenes soldados hablan. Sobre sus cascos de camuflaje se erige un segundo piso vehicular, del lado estadunidense, que no ha sido inaugurado y que recorrerá por encima del muro un tramo de la línea fronteriza.

El militar concluye la historia del hombre que luchaba con el fango: No podía sostenerse, y se cayó, pero encima del niño. Cuando al fin estuvo del otro lado llevaba al niño de un bracito, como si fuera un hilacho.

En el tramo donde hablan, el río está prácticamente seco, aunque un letrero de advertencia recuerda el riesgo de ahogamiento en ciertas temporadas.

Los uniformados miran las imágenes del pasado viernes, cuando varios de sus compañeros detuvieron a dos mujeres y una niña procedentes de Nicaragua, en este mismo lugar. Se miran entre ellos. Por eso las órdenes, dice uno, bajando la voz.

Las escenas llegaron a la conferencia mañanera y llevaron al presidente Andrés Manuel López Obrador a decir que probablemente se habían presentado excesos, pero que la política de su gobierno seguirá siendo respetar los derechos humanos y dar opciones a los migrantes.

Al amanecer no había nadie por aquí –por el cambio de turno, explican los muchachos– pero cerca del mediodía están de nuevo en sus puestos y con mucha claridad en su misión: dicen que ellos no vienen a detener migrantes, sino a disuadirlos de cruzar por aquí por los riesgos que implica. A eso, aseguran, y a detener polleros.

Lo pone así uno de los jóvenes militares, el que porta un enorme reloj de carátula azul rey: Mire, lo interesante es en las madrugadas: pasa una Van, se detiene, baja a 10 o 12 personas y se va. Nuestro trabajo no es detener a esas personas, sino seguir esa camioneta.

La presencia de las fuerzas armadas ha logrado disminuir los intentos de cruce en la mancha urbana Juárez-El Paso. Pero no ha terminado con los intentos. Lo dicen los mismos militares: Siguen pasando a todas horas, en la mañana, en la tarde, en la madrugada.

Un analista local, conocedor de las mafias de traficantes de personas, explica que existen dos posibilidades que no se excluyen entre sí: una, que los migrantes estén guardados en casas de seguridad a la espera de un mejor momento para cruzar, o bien que estén pasando por otros puntos que tradicionalmente han sido utilizados por los coyotes: El Berrendo, Palomas o el Valle de Juárez, donde la violencia entre grupos criminales se ha recrudecido en los pasados tres meses debido a la disputa por el control de las rutas de tráfico humano.

Desde el punto donde hablan los jóvenes militares también se alcanza a ver la oficina, frente a la presidencia municipal, donde todos los niveles de gobierno confluyen para atender a los migrantes. A cargo del organismo de población estatal, la oficina fue creada para atender a los deportados mexicanos, pero ahora su principal tarea es llevar la lista de solicitantes de asilo que son recibidos a cuentagotas por las autoridades de Estados Unidos.

Ahí son los cubanos los que dominan el escenario, pues son ocho de cada 10 solicitantes y tienen mayores posibilidades de recibir asilo. Todos los días, en dos turnos, las autoridades de Estados Unidos informan a las mexicanas cuántos migrantes recibirán.

Un cartel informa día con día el último número de la lista que ha logrado cruzar el puente, escoltado por personal del Instituto Nacional de Migración. El 3 de mayo, señalaba que el último número ingresado era el 8 mil 689. Hoy indica que el número 11 mil 485 fue el último en ser recibido, para presentar su solicitud de asilo, el lunes en la tarde.

Jazmín y Josué, un matrimonio originario de Holguín, Cuba, llegó antes de las siete de la mañana para inscribirse en la lista. El viaje del matrimonio duró tres meses. De Cuba a Guatemala, vía Panamá, fue rápido, pero en México fueron primero rechazados y luego detenidos 15 días en Tapachula, más tarde impedidos a subir al avión en la Ciudad de México, una odisea en la que acusan numerosos intentos de extorsión de agentes de la Policía Federal.

Un paisano de la pareja, que ya lleva tres meses en Ciudad Juárez, les informa de las opciones de trabajo. Para las mujeres está fácil, chica, en estéticas, en restaurantes, en clubes nocturnos. Yo, de día, hasta limpiando, porque no pienso salir de noche, dice Jazmín. A la pareja le asignan el número 17 mil 70. Al paso que va la migra de EU, la espera puede ser de seis meses. Jazmín voltea hacia los altos edificios de la ciudad texana y suspira: “Estamos tan cerca… y tan lejos”.
Fuente: Jornada Maya

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