viernes, mayo 24

Recordando conversaciones de política (II)

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En nuestra anterior entrega expliqué que vuelvo a compartir una interesante plática que tuve con el ya expresidente Miguel Alemán, una mañana de cuaresma. Siendo yo un jovencito me explicó que la política era como una mujer, llena de atributos y de defectos. Que, si la aceptaba, sería con todo lo bueno y todo lo malo. Y aquí prosigo con el final de dicha conversación

JOSÉ ELÍAS ROMERO APIS

Siempre es bueno recordar y compartir, aun a riesgo de repetirse. Pero estos días feriados nos invitan a ello sin el temor de parecer un reiterativo falto de imaginación o de temas.

Así que prosigo con lo que me dijo Alemán. Por eso, mi joven amigo y futuro político, ni la sobrestimes ni la mal juzgues. No te entregues con ella ni a las alegrías ficticias ni a las tristezas pasajeras. Cuando se te entregue, disfrútala, pero sin olvidar que mañana estará en los brazos de otro. Que no te vaya a lastimar porque cambió de nido. Que no vayas a agredir a tus amigos porque, después de ti, se fue a entregar a ellos. Es muy posible que, cuando llegó a tu alcoba y a tu vida, también traía en la boca el sabor de un amigo tuyo que ni se enojó ni te ofendió por ello. Conserva, en esos momentos, tu seriedad, tu serenidad y tu seguridad.

Pero, también, cuando se te esconda y te humille, piensa que quizá la noche de mañana esté implorando tus besos. Que si hoy te prometió llegar y te dejó esperando, así lo hizo con otros cuando corrió hacia ti y no sería raro que lo volviera a hacer porque se acuerde que todavía hay algo que le faltó disfrutar contigo. Por eso, puedes estar seguro de que no se va a entregar eternamente a uno solo. Ella es de todos y es de nadie.

Quizá dentro de muchos años, dijo para concluir, recuerdes esta conversación. No sé si en ese entonces ella esté viviendo en tu cama, pero no me cabe duda alguna de que, para entonces, ya habrá dormido muchas noches abrazada por ti. Estoy seguro de que ya podrás llenar todo un diario íntimo y personal con cada una de sus tiernas caricias, de sus fuertes abrazos y de sus ardientes besos.

* * *

Cuando El-Señor-Ex-Presidente-de-la-República llegó hasta aquí pensé que ya había concluido y siempre he tenido la impresión de que así habría sucedido. Debo aclarar que, a pesar de mi corta edad, estaba consciente de que, en la envoltura de un lenguaje romántico y poético, se me había obsequiado una lección de las más crudas, realistas y terrenales que he escuchado en la vida. Estando en eso vino lo que todavía no sé si fue un epílogo o un encore.

Me olvidaba decirte algo muy importante, exclamó. Como sucede con todas las mujeres, esta también tiene instantes de esplendor y tiene otros deplorables frente a los que tienes que estar prevenido para calcular tus distancias. Hay momentos en que la mujer está plena de fragancia, de limpieza y de brillo. Que ha tomado sus baños con aguas aromáticas. Que se ha agregado esencias y bálsamos. Que su piel está húmeda; sus cabellos, peinados; su boca, aromática; sus ojos, límpidos; sus uñas, pulcras, y sus humores, remitidos. Esos son los momentos para acercarse sin el riesgo del asco.

Pero, prosiguió y me dijo, hay otros momentos nauseabundos que invitan a la basca. Que son los momentos en que esa preciosa mujer que se llama la política está llena de mugre, de fetidez y de pestilencia. Que le asoman el sudor, los mocos y las lagañas. Que su pelo está desgreñado, sus dientes sucios y sus uñas ennegrecidas. Que sus únicos olores son los de su halitosis, los de sus fecalidades y los de sus calamidades femeninas. En esos momentos, me dijo con una muy enérgica advertencia, no debes acercarte a la política por bella y por seductora que ella sea. Por más que te invite, por más que suplique ni por más que te pague.

Estas últimas palabras del expresidente de México no las había recordado en muchos años. Pero los acontecimientos políticos mexicanos de los últimos tiempos me las han traído a un inevitable, pero muy oportuno recuerdo.

¡Qué bonita es la política, pero que feo huele hoy!

Tan sólo me resta una duda, aunque no sé si me corresponda resolverla a mí o ello ya le corresponda a mis hijos. Si frente a esa beldad que es la política debe uno resignarse a aceptar, sin resistencia, los tiempos que son para acercarse y aquellos que son para distanciarse o, por el contrario, si cuando está tan mugrosa tenemos también la obligación de limpiarla para reinstalarle su plena dignidad.

Me inclino a creer que esto último es lo acertado. Que aunque no es exclusiva de nadie y precisamente por ser una mujer de todos, todos tenemos la obligación de entregarla limpia después de usarla o, de lo contrario, todos nos vamos a manchar, todos nos vamos a apestar, todos nos vamos a contagiar, todos nos vamos a enfermar, todos nos vamos a envilecer y todos nos vamos a destruir.

Presidente de la Academia Nacional de México

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