lunes, abril 12

Si no sabes vender el corazón

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Cancionero
FÉLIX CORTÉS CAMARILLO

Divina claridad la de tus ojos

diáfanas como gotas de cristal,

uvas que se humedecen con sollozos,

sangre y sonrisas juntas al mirar

¿Por qué te hizo el destino pecadora?

Agustín Lara, Pecadora.

Hay una señora de reputación notable que apareció el domingo en la televisión nacional de  Estados Unidos en una entrevista. Ella se llama Stephanie Clifford, es conocida como Stormy Daniels, tiene 29 años y su profesión declarada es actriz de películas pornográficas. Es una esbelta rubia todavía apetecible. Debe haber cientos, tal vez miles, como ella en su país. Pocas, probablemente, pueden presumir abiertamente de haberse acostado con el hoy presidente Donald Trump.

Hasta ahí nada es excepcional. En la entrevista contó lo que tantas veces ha contado y que en su momento se comprometió a no revelar a cambio de ciento veinte mil dólares: Su acueste con el político hace once años. También que el contrato para ese compromiso nunca fue firmado por Trump y, por lo tanto, ella no incurre en violación alguna si ahora suelta la lengua. Para hablar. Lo novedoso aquí es que en algún momento alguien la visitó para sugerirle que dejara a Trump en paz, que se olvidara de la historia. Inclinándose hacia su pequeña hija, dice ella, le elogió la belleza de la pequeña y le hizo la observación de que sería una lástima que algo horrible le pasara a su señora madre. Y se fue.

Si a usted le parece lo arriba resumido como una escena de película relativa a la mafia italiana que enraizó en el este norteamericano, tiene toda la razón. También la tiene si asume que el Presidente de Estados Unidos es aficionado a los procedimientos gangsteriles más detestables, que implican un vínculo con el crimen violento.

La señora Clifford reconoce que a partir de su repentina celebridad por el asunto sus ingresos por presentaciones personales, esto es striptease, que nosotros conocemos como encuere, se han incrementado. En parte porque ahora tiene más chamba y en parte porque ahora su tarifa subió. Seguramente, también subió la cuota por otros servicios privados que la señora proporciona, según confesión propia. Ahora, es obvio que el aprovechamiento que está haciendo de sus memorias tiene como objetivo principal publicar un libro de enormes ventas o protagonizar una serie de televisión biográfica de las que ahora se acostumbran o cualquier otro método de exposición masiva que le deje algún beneficio pecuniario. Ella insiste que no: Que lo que le interesa dejar muy claro es que le hicieron amenazas de muerte por parte del presidente Trump y que si algo le sucede a ella o a su descendencia será responsabilidad del hombre más poderoso del mundo. Cualquier lectura de las biografías no oficiales de Donald Trump reconocerá que los métodos de la mafia y la corrupción nunca fueron ajenos a la fortuna nacida en los bienes raíces de Donald y su padre. Cualquiera que observe el comportamiento del Presidente de Estados Unidos se dará cuenta de que su técnica de golpeo y amenaza, fanfarronería y provocación, obedece no solamente a un patrón de conducta bien adquirido, sino,  al mismo tiempo, a una naturaleza perversa.

La señora Clifford es solamente un incidente, un pasajero protagonista de las noticias de sensación, que muy pronto desaparecerá de nuestro radar social. Es una pecadora más del armario repleto de Agustín Lara o Federico Gamboa.

Donald Trump ahí sigue. Y si nos descuidamos, seguirá por más tiempo.

Fuente: Excelsior

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