Stalin y Mao no se atrevieron, López sí

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Por Ángel Verdugo

La inclinación de los autócratas (persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema en un Estado) y los dictadores (en la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica) es, no otra que buscar controlar lo que piensan sus gobernados y oprimidos. No son pocos aquellos que lo han intentado todo para lograrlo.

Sin embargo, por más esfuerzos que realizaron y recursos destinados para ello, fueron derrotados y la suerte de muchos no fue buena. Si bien algunos murieron en la cama, no pocos terminaron su vida violentamente; algunos ejecutados por una multitud, y uno que otro juzgado y sentenciado a muerte.

De entre ellos me referiré a dos que representan, sin duda, lo más acabado en materia de perversidad con miras a controlar las ideas y forma de pensar de aquellos a los que gobernaban: Stalin y Mao Tse-tung. Ambos son bien conocidos por los horrores que su pretensión absurda e irrealizable generó.

Del primero, bastaría leer la trilogía (Esclavos de la libertad; Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo) de Vitali Shentalinski en Galaxia Gutenberg, para tener un panorama objetivo de su perversidad y los crímenes contra los que se atrevieron a pensar fuera de la caja y rechazar las ideas aprobadas por Stalin.

Del segundo, si bien hay abundante bibliografía de las tragedias que produjo su pensamiento, tres obras ayudarían a formarse una idea de lo que fue capaz: The Tragedy of Liberation, Mao’s Great Famine y The Cultural Revolution de la autoría de Frank Dikötter.

No hay duda pues, además de los millones de asesinados durante los decenios que gobernaron de manera dictatorial la hoy extinta Unión Soviética y la República Popular China, respectivamente, de la intención de controlar las ideas de sus gobernados y oprimidos. Con miras a concretar tal perversión, ambos utilizaron todo; desde la violencia —física y sicológica— y el destierro interior, hasta la prisión en campos de concentración, y la condena a trabajos forzados al que se negaba a aceptar la uniformidad ideológica.

Sin embargo, por encima de todo eso, hubo un recurso que jamás se atrevieron a utilizar: convertir en delito pensar diferente. Asesinaron, separaron familias, desterraron a centenas de miles o millones y cometieron excesos inimaginables, pero, repito, nunca incluyeron como delito en su código penal, abrigar ideas diferentes.

Es cierto, por abrigar ideas diferentes a las permitidas se les aplicaban los peores castigos y condenas, pero, repito, todo fuera de la ley, no por una autoridad judicial al final de un proceso. No llegaron a tanto; los crímenes cometidos, innumerables sí, fueron cometidos al margen del sistema judicial.

¿Qué tiene que ver lo dicho en párrafos anteriores con el México de hoy? ¿Hay alguna conexión? Sí, y muy peligrosa. ¿Qué pensaría usted si le dijere, que existe la intención expresada públicamente, de consultar al pueblo acerca de si se debería enjuiciar (es decir, llevar a alguien ante un juez para que sea juzgado por un delito cometido), a quien profese y aplique en un cargo público políticas neoliberales, cualquier cosa que éstas pudieren significar? ¡Imposible, diría usted! Mentira, ¿quién propuso tal barbaridad? ¿Lo ignora? López mismo hace unos cuantos días, este sábado 24 de noviembre.

¿Acaso esas son las palabras de un demócrata? ¿Le parece aceptable, que pensar diferente a López deba ser un delito? Por favor, ¡diga lo que piensa!

Fuente: Excélsior

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