viernes, febrero 26

Te cambio mis barritos por una ágata

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Por Jorge Frías Castillo

Los antiguos juegos enseñaban a los niños muchas cosas, sobre todo cultivar la amistad y los buenos sentimientos, que era lo más importante.
No había niño o niña que no jugase con sus amigos con algo que ellos mismos se ingeniaban en la mayoría de los casos.
Cuando no había dinero para comprar un trompo o canicas, los muchachos tomaban un aro y lo llevaban por las calles duras de la ciudad, empujado por un alambre o un palito, y las niñas recurrían a la soga para brincar a la hora del recreo en la escuela.
En todas las épocas del año se jugaba con algo. Que llegaba la temporada del trompo, a jugar trompo por las calles. Que yo-yo, a comprar el yo-yo, o “tinjoroch”. También había la época del balero, “kimbomba” o canicas. Con frecuencia, en los patios de las escuelas o a las puertas de los mismos colegios se veía a grupos de chavos jugando a las canicas en el círculo que rayaban en el piso o abriendo huequitos para empujar la canica de barro o piedra con el “tiro”. De la misma manera se jugaba con las tapitas de los refrescos que se llenaban con cualquier material duro, lodo seco, chapapote. Por lo que respecta a las niñas, ya lo dijimos. Llevaban su soga a la escuela para brincar a la hora del recreo. También en la época de la “chácara”, se llevaba un “suncho” viejo de zapato para sacarlo con un pie de un cuadro que se pintaba con tiza en el suelo, dividido en cuadritos desde el número uno. Y cuando no se disponía de nada de eso para jugar, los niños jugaban “encantados” o “pesca-pesca” y las niñas “sirenita de la mar”.
El juego, sano e inocente de aquellos tiempos, ayudó mucho a los pequeños, para darle su valor a la amistad y a poner las piedras de su formación.

Fuente PorEsto

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